Por qué la atención institucional puede acelerar el deterioro

La mayoría de las residencias de ancianos no son lugares crueles. Son lugares eficientes. Todo funciona según horarios: hora de levantarse, hora de comer, hora de ducharse, hora de acostarse. Esta estructura facilita la gestión, pero tiene un costo humano.
Cuando una persona ya no elige cuándo levantarse, qué comer o qué ponerse, algo en su interior comienza a desconectarse. Estas decisiones pueden parecer insignificantes, pero son la base de sentirse vivo y con control.
Cuando desaparece la autonomía, el deterioro suele acelerarse. No porque el personal sea cruel, sino porque los seres humanos necesitan capacidad de decisión para mantenerse mental y emocionalmente activos. Sin ella, el cuerpo sigue a la mente.
Igualmente perjudicial es la pérdida de identidad. Dentro de una institución, una persona deja de ser conocida por quien era. Se convierte en un número de habitación, un diagnóstico, una rutina. Sus libros, muebles, fotos y recuerdos quedan atrás. Y cuando las personas se separan de su entorno, se separan de sí mismas.
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