Tenía doce años cuando nuestra madre falleció, una edad en la que el mundo aún se siente sólido y permanente, hasta que de repente deja de serlo. Recuerdo claramente el pasillo del hospital. El fuerte olor a antiséptico. El zumbido de las luces del techo. La forma en que los adultos hablaban en voz baja, como si el silencio mismo pudiera mitigar el dolor.
Pero lo que más recuerdo es a mi hermana.
Estuvo a mi lado en el funeral, con la espalda recta, los hombros erguidos y los ojos secos. Tenía diecinueve años, apenas una adolescente, pero algo cambió en ella ese día. Mientras todos los demás se derrumbaban, ella se quedó quieta. Fuerte. Inquebrantable.
En un instante, se convirtió en mi madre, mi protectora y mi único apoyo.
Nunca lo anunció. No hubo promesas dramáticas. Simplemente dio un paso al frente e hizo lo que tenía que hacer. En silencio.
Dejó la universidad sin decirle nada a nadie. Consiguió dos trabajos. Aprendió a hacer que la lista de la compra rindiera mucho más de lo necesario. Aprendí a transformar el cansancio en una sonrisa tan convincente que incluso yo le creí cuando dijo: «Vamos a estar bien».
Y, de alguna manera, lo estábamos.
O al menos, eso me decía a mí misma.
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